Los antecedentes biológicos y la evolución
Empecemos desde el principio:
Desde el lejano día en que una antepasada simia se puso de pie y por primera vez ofreció su cuerpo a un macho a cambio de comida, el placer sexual y la atracción por la belleza han ido ligados intrínsecamente a la evolución de la especie humana. Aquella peluda estratega fue la artífice de una fogosa y pasional forma de relacionarse que hizo posible a nuestros ancestros asegurarse la supervivencia de su descendencia. El sexo se convirtió en el motor de la reproducción y, por tanto, del éxito evolutivo del Homo sapiens.
Ahora, sin embargo, vivimos otra revolución sexual muy distinta. La ciencia y la tecnología han propiciado que ya no sea necesario un coito para tener descendencia (Fecundación in vitro ); que ni siquiera sea preciso conocerse físicamente, acariciarse, besarse, etc. Para enamorarse y/o excitarse. Basta con tener una cuenta en Facebook o alguna otra red social o un celular para tener relaciones virtuales que pueden llegar a ser para algunos iguales que las reales.
Gran parte de lo siguiente tiene como fuente un análisis sobre la obra El sexo social del paleoantropólogo Eudald Carbonell sobre todo tomando como punto de partida sus estudios sobre los homínidos.
Aún no está muy claro cuál fue el factor desencadenante de la atracción pasional que un día surgió entre aquella hembra homínida poco estilizada, bajita y sin pecho, y un macho de su especie, quizás un Homo habilis que como ella era capaz de andar erguida.
Hasta entonces, los primates, incluidos los chimpancés, los bonobos y los gorilas, no sentían nada parecido al placer que debieron de experimentar aquellos dos pioneros. De hecho, las hembras seguían comiendo o quitándose piojos unas a otras mientras las montaban sus compañeros, casi sin inmutarse. Durante millones de años, no hubo Problemas por infidelidades ni rupturas traumáticas relacionadas con la sexualidad. Lo único importante era la reproducción y para tener éxito había que tener sexo durante el periodo de celo de las hembras. Que hubiera placer o no, era lo de menos.
Algunos investigadores creen que fue precisamente el bipedismo lo que desencadenó el cambio en el comportamiento sexual que transformó a nuestros ancestros para siempre. Hace más de tres millones de años, la pelvis fue cambiando de sitio para que la columna se enderezase y nuestros ancestros empezaran a caminar. En las hembras, aquello hizo que sus genitales se escondieran de la vista de los machos y también que disminuyera el espacio del canal del parto, así que las crías debían tener la cabeza más pequeña para poder nacer. Sólo lo conseguían las prematuras, con un cerebro a medio hacer.
Las madres homínidas enseguida comprendieron que tenían un nuevo problema: aquellos bebés indefensos necesitaban muchos más cuidados, así que necesitaban a los machos para que les ayudaran a conseguir comida y protección de los depredadores durante toda su crianza. En ese momento habría surgido el contrato sexual que ha perdurado hasta ahora.
Ahora bien, aquella hembra bípeda tuvo que convencer a los compañeros de que no la abandonaran por otras, habida cuenta de que estaban acostumbrados a una promiscuidad sin freno. ¿Cómo hacerlo? ¿Y si lograba enganchar a uno con algo novedoso? Así, aprovechando que ahora sus genitales estaban ocultos, encontró la solución: la excitación constante. El macho ya no tendría que esperar a las coloridas y olorosas hinchazones de los genitales que indican que la hembra está a punto, durante el celo, es decir tendría placer cuando quisiera.
En todo caso, la atrevida homínida (para ese entonces porque eso era como explico algo novedoso) no era la primera en utilizar el sexo para conseguir algo. Sus primos, los chimpancés bonobos, lo practican para combatir el estrés social. ¿Por qué no iban a hacerlo para asegurar la comida de las crías?
Llegamos así a un momento en el que era importante elegir a la pareja, porque la intención era que perdurara. Se introdujo entonces el factor del atractivo físico.
Las hembras de Homo erectus, de hace 1,5 millones de años, necesitaban a los machos más aptos, fuertes y sanos. Su objetivo era atraer a los mejores cazadores, que más seguridad ofrecían. También tuvo que ser importante el lenguaje, porque sin señales sexuales claras, como es el celo, si un macho quería un contacto sexual satisfactorio con una hembra debía comunicarse con ella y camelarla con sus gruñidos amorosos.
Ellos, por su parte, buscaban a las más excitantes, rasgos más juveniles ligados a una mayor fertilidad. Durante cientos de miles de años, los cuerpos simiescos, heredados de los antepasados, fueron retocándose paso a paso hasta que no sólo se hicieron más atractivos, sino que hembras y machos se convirtieron en dos seres muy diferentes, al contrario que otros primates.
Algunos expertos creen que el desencadenante pudo ser el paso de una alimentación muy vegetariana a otra más carnívora: con la necesidad de menos intestinos, el tórax se hizo más atonelado. En el caso de las hembras, además, se fue configurando una pelvis ancha que favorecía los partos.
Estas modificaciones morfológicas están tan ligadas al Homo sapiens que en todas las culturas los patrones de belleza sexual han seguido prácticamente inalterables: aún hoy en las mujeres, una figura de caderas anchas y cintura fina generalmente es la preferida por los varones de los cinco continentes. La adecuada distribución de la grasa es un signo inconfundible de salud y, por tanto, fertilidad.
Esta es una de las razones de porque nos agrupamos (sexualmente) de acuerdo a definidos criterios sobre belleza y atractivo físico, y seguramente muchos no sabían esto, por decir, a las mujeres les atrae más un hombre con notable musculatura, precisamente porque inconscientemente sabe que él puede protegerla mejor, a ella y a los hijos que pudieran tener, además que los hijos serán más sanos. La naturaleza intrínseca en cada uno busca que la especie se reproduzca y sobreviva, pero ¿cómo? Muy fácil haciendo que cada vez nuestro código genético mejore por medio de que gente apta y sana con buenas características se relaciones teniendo una descendencia que combine las cualidades genéticas de ambos haciéndolo más apto para la supervivencia y preservación de la especie.
Bueno continuemos…
Así ocurría ya en la época de las cavernas. Las hembras más atractivas eran las que tenían labios carnosos, grandes pechos y buenas caderas, señales sexuales externas vinculadas con la reproducción que se reflejaban en su voluptuosa anatomía, la misma que continúa despertando pasiones.
¿Y qué pasó con los machos? Pues que lo deseados eran los musculosos, con un pecho grande que indicaba una gran capacidad cardiaca y pulmonar, y unas nalgas proporcionadas, en las que no sobraba ni faltaba grasa. Si se acompañaba de unos rasgos faciales simétricos, prueba de un desarrollo estable, y una conservación seductora, era un bombón cavernícola muy apetecible como padre.
Con todos estos atractivos ingredientes en activo, apareció el llamado sexo infértil, que hoy es algo común y habitual: según la Organización Mundial de la Salud, de los 100 millones de coitos que practica la especie diariamente, sólo el 1% acaba en una concepción; muy diferente verdad a la prehistoria que el placer ni siquiera importaba. De hecho el gran deseo sexual que los humanos sentimos y la necesidad de placer sexual es como el asegurador biológico de que buscaremos el sexo y por lo tanto (obviamente no en todos los casos por las razones ya expuestas) nos reproduciremos; para entender esto mejor solo hace falta imaginar, si no existiera el deseo sexual y el sexo no trajera placer: ¿Quién buscaría reproducirse? La respuesta es muy pocos y esto no conviene para preservar la especie ni mejorarla.
Ahora bien, no hay que olvidar que había un compromiso: sexo placentero sin límites, pero a cambio de cuidar de la familia. Y eso requería enamorarse. Fisiológicamente, este sentimiento no son más que descargas de oxitocina y dopamina en el cerebro que fueron muy útiles para propiciar las familias monogámicas, o al menos que duraran lo suficiente como para sacar adelante las crías.
Esta pasión amorosa, única en la especie humana, significó desde el principio la necesidad de contacto físico con la pareja, estar cerca y mirarla con embelesamiento. Si no es posible, surgen la angustia y el estrés.
Luego, para cuando los niveles neuroquímicos se quieren normalizar, ya habría quedado un poso en la relación que ayudaba a su estabilidad. En el fondo, con la descarga hormonal, lo que hicieron aquellos ancestros fue asegurarse de que, en caso de problemas, se puede contar con la pareja: el amor no es más que una forma de atar al otro. Incluso el cortejo previo a la cópula, las caricias y los besos, surgieron como una garantía de que el coito sería placentero y se repetiría. Pero en ese punto, que también nos distingue de otros primates, ya no estábamos inmersos sólo en una evolución biológica, sino también cultural como la antropología podrá constatar.
En definitiva, el buen hacer de la seducción, acompañada de los contactos carnales, fue permitiendo que se estableciera una relación profunda que aseguraba que los genes masculinos que se transmitían a la descendencia eran los propios. Con sus excepciones: eso no quiere decir que todas las crías sean fruto del amor, porque también tuvieron su papel los emparejamientos por conveniencia, como actualmente.
Y ¿cómo se sabe que era tan importante el sexo para aquellos primeros humanos? Una buena muestra de su papel se tiene a través del arte y por vestigios de su vida social. Ya los artistas del Paleolítico representaban iconos sexuales en las paredes de las cuevas haciendo énfasis en lo que consideraban atractivo.
Las relaciones siguieron de la misma manera hasta el Neolítico, hace unos 10.000 años, cuando los humanos se hicieron sedentarios y los papeles de los sexos cambiaron. Había más riqueza y, con el excedente económico, surgió la jerarquía de clases y géneros. Y con ella, la discriminación de la mujer, relegada a un papel secundario. Todo indica que fueron ellas quienes salieron perdiendo con el fin del nomadismo, al crearse un sistema machista que ha perdurado mucho tiempo.
Durante los últimos milenios, el sexo siguió ateniéndose a su esquema primitivo, aunque las religiones destacaron su papel reproductivo, en general despreciando el placer inherente.